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Opinión - 02.06.2019

Tributo debido

Las instituciones que don Juan Carlos contribuyó a crear cumplieron su función. De ahí nace el homenaje ciudadano

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El rey emérito, don Juan Carlos de Borbón, no realizará a partir de este domingo ninguna actividad pública oficial. Así se lo ha comunicado al actual jefe del Estado, su hijo don Felipe, de quien había actuado como embajador y representante en diversas ocasiones desde su abdicación. Este paso adicional en la retirada del primer titular de la Monarquía parlamentaria establecida por la Constitución de 1978 permite comenzar un balance que habrá de prolongarse en el futuro, porque don Juan Carlos pasa desde esta fecha a ser un poco más parte de la historia de España. De la mejor historia de España.

En contra de lo que se ha repetido recurriendo a una media verdad, el origen de su reinado no es el franquismo. No fue este el que reinstauró la continuidad dinástica en la que se inserta el reinado de don Juan Carlos, ni tampoco el que la rescató de la vía muerta en la que la había colocado la República al asociar la monarquía con un golpe militar, cometido por Alfonso XIII. La maniobra del general Franco para perpetuar su régimen fue más aviesa: violentó la línea dinástica a fin de cubrir bajo una frágil apariencia de continuidad histórica una decisión que solo era una arbitrariedad autoritaria.

El origen de la Monarquía parlamentaria se encuentra en la voluntaria renuncia de don Juan Carlos a los poderes dictatoriales que el franquismo puso en sus manos, y la decisión de facilitar un proceso constituyente. No es pues el designio de ningún dictador el que funda el régimen político de 1978, sino la convicción de quien, como don Juan Carlos, dio la palabra al sujeto político silenciado a sangre y fuego: el pueblo español. Esta decisión trascendental es la que abrió al futuro un horizonte que la dictadura quería cerrado.

Decir que al materializarse ese futuro España conoció la democracia y el progreso bajo el reinado de don Juan Carlos es confundir el significado de su legado, comprometiéndolo. En realidad, este se resume en haber actuado desde la misma idea que inspiró a los republicanos de 1931: no son las formas de Gobierno las que hacen que España dé lo mejor de sí, sino sus hombres y mujeres cuando pueden actuar en libertad y en plena disposición de sus derechos bajo regímenes que los respetan.

Don Juan Carlos contribuyó a la instauración de un régimen respetuoso con las libertades y los derechos, y un país educado en el oscurantismo de la idea de nación abrazó la causa de la ciudadanía en torno a un Estado transparente y justo, abanderó el cambio de costumbres y asumió que el progreso no es contradictorio con la solidaridad, sino su resultado, tanto a efectos internos como en el ámbito internacional. Y lo hizo, además, frente a quienes invocaban y aún invocan unas u otras ideas de nación no menos oscurantistas, o a quienes se declaran obcecadamente incapaces de un acuerdo entre demócratas cuando ese acuerdo fue posible entre quienes se combatieron desde trincheras reales, no metafóricas.

Don Juan Carlos abandonó la jefatura del Estado acosado por el escándalo. El pensamiento político medieval resolvía esta desgarradora contradicción mediante la doctrina del doble cuerpo del rey, distinguiendo entre su función y su persona. En democracia, nadie puede exculpar los errores privados con los aciertos públicos. Pero sí sostener que las instituciones existen para que las imperfecciones de los seres humanos no sean letales para todos. Las instituciones que don Juan Carlos contribuyó a crear han cumplido sobradamente esa función, incluso cuando él no estuvo a la altura. Ahí es donde radica el tributo ciudadano que le es debido.

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