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Opinión - 1 semana ago

Perdularia

He perdido una falta de ortografía en una dedicatoria. Si ustedes la ven, no me lo comuniquen. O sí

Se me ha perdido una falta de ortografía en una dedicatoria. Estoy desesperada. Escribí omóplato con hache siguiendo un paradigma de la bíblica carne que se hace verbo. Analógico con la vida. Como cuando se dice vagamundo en lugar de vagabundo, porque el primer vagabundeo resulta más lógico y se imagina mejor. Escribí homóplato,como si el hueso de mi espalda fuese plato, tazón, alita cóncava, en los que un hombre pudiese beber vino. Como si, de verdad, todas nosotras fuésemos el estiramiento de la costilla de Adán perpetrado por un dios alfarero, protésico y cirujano. Estilista. Estoy angustiada: mis deducciones ortográficas no son solo heteropatriarcales, sino además católicas. Un hilo dorado, de los de levantarse los pellejos del contorno facial, une lo uno con lo otro. Soy una inculta y mala feminista. Por fin he aprendido el sangriento significado de “por la boca muere el pez”. Y la lubina, corvina, merluza, sardina y japuta que, en otros lugares, se llama palometa.

Me asfixio —dorada de piscifactoría—, porque soy un fraude: una mujer que rubrica dedicatorias de sus libros —hablan de huesos a menudo— y comete un imperdonable error ortográfico en un término de su especialidad. Esqueleto humano. Anatomía. Puede que mi desliz tenga que ver con que, cuando garabateo dedicatorias en las que siempre aparece la palabra agradecimiento, la gente me mira. Pierdo la concentración y temo escribir echo, participio de hacer, con otra maldita hache amputada. En los concursos fallo las preguntas culturales. Tantos años de estudio para acabar así, temblorosa, con el disco duro hecho cisco. Tampoco me acuerdo de cómo se escriben los nombres propios que memoricé en BUP: Hitchcock, Wittgenstein, Nietzsche… Menos mal que nadie me habló de Madame de La Fayette y Olga Tokarczuk aún no había publicado.

Cuando mis estudiantes me piden que escriba en la pizarra un nombre, que también he pronunciado mal, digo: “¿Para qué tenéis el Google, malditos bastardos, malditas bastardas?”. Mi síndrome se agrava con la edad. No me puedo permitir ni un despiste: mis lapsus serán los de todas las mujeres igual que, cuando estoy sembrada, me tildan de sabihonda y esa palabra mancha a las compañeras que no piden perdón al hablar.

Hoy, con mi falta de ortografía perdida en una dedicatoria que quién sabe en qué manos habrá caído, me angustio. Ya nunca elegirán mis columnas como texto para el comentario en la EvAU. Ya nunca optaré a un sillón en la Academia. He perdido una falta en una dedicatoria y añoro a mi abuelo que, al final de sus folletines, ponía un montón de comas para que cada cual las colocara donde considerase oportuno: era un vanguardista.

No sé si lo que cuento es realidad o pesadilla. Si es pesadilla, mi inseguridad sería tan aterradora como cuando se sueña que una tiene pendiente un examen de matemáticas para el que no ha estudiado y no se ha sacado aún el título de bachillera. He perdido una falta de ortografía en una dedicatoria. Si ustedes la ven, no me lo comuniquen. O sí.

Ofrezco recompensa: una clavícula escrita con be, un lipograma, una colección de cuadernillos Rubio y eterna gratitud.

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