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Opinión - 18.09.2019

Pan con chocolate

Empecé mentalmente a escribir este artículo cuando leí en las memorias de Camilo Sesto esta frase de su madre: “La patria no es la infancia, sino la comida”

Ana se casó en junio con Karim, me invitaron a su boda y también me invitaron a hablar en la ceremonia, porque yo he sido históricamente tan buen lector de bodas que, después de mi propia boda, un médico me reconoció por haber leído en ella, no por haberme casado. El caso es que llegado el día, bajo un sol tremendo y empapado en sudor, olvidé imprimir el discurso y tuve que leerlo en el móvil. Unos novios guapísimos, unos invitados elegantísimos y un pavo de pie, con la cabeza mojada, pegando la pantalla del móvil a la cara para tratar de leer algo que no veía bien por el reflejo del sol, con el agravante de una traductora de francés al lado que no sabía cómo salir de esa. Parecía que estaba leyendo whatsapps. No iba del todo mal hasta que dije, y dije bien, que los cinco matrimonios en cuyas bodas había hablado, incluido el mío, ya estaban divorciados. Necesitaba su excepción.

Ana es una de mis mejores amigas y en agosto, recién llegada de París, nos fuimos a comer a Casa Solla, que más que un restaurante es una religión. Allí comimos y bebimos hasta que se puso el sol, y hubo un momento —después de la habitual degustación llena de hallazgos y platos impresionantes que defino así porque crítico gastronómico no soy ni entiendo, pero alcanzo a saber cuando algo no es normal y aquello no lo era— en que Pepe Solla, el chef, nos trajo el postre. Pan con chocolate. Bien, no un pan cualquiera ni un chocolate cualquiera, pero pan con chocolate. Y fue entonces cuando se cerró el ciclo de lo que me dijo días después Manuel Domínguez, chef de Lúa, tras contarle lo que me había pasado: que la cocina había cumplido su misión hasta el final.

El primer bocado del pan con chocolate me devolvió a mis padres jóvenes en una cocina mínima, al Xabarín Club, Dragon Ball y los nervios de un examen de sociales. Con el segundo bocado casi apruebo el examen sin haber estudiado por pasarme la tarde canturreando: “Temos que buscar a bola do dragón, é un gran misterio e unha conmoción”. Se me pasó hasta el efecto del vino porque nada emborracha más que el pasado. Y empecé mentalmente a escribir este artículo cuando leí en las memorias de Camilo Sesto esta frase de su madre: “La patria no es la infancia, sino la comida”. Aunque viene siendo lo mismo.

De niño, después de la matanza del cerdo y de salar las piezas en el salgadoiro que teníamos en casa, mi abuelo metía la panceta cruda en la nevera. Para el cocido, para las lentejas, para los callos… Yo me escabullía a esa nevera para comerla cruda, desgajar la última grasa pegada a la piel y esa corteza dura, en la boca, me duraba horas mientras sacaba el último jugo. Muchos años después me contó Antón Galocha, mi director en Diario de Pontevedra, que eso era el chicle de muchos niños de aldea en los años sesenta. Ahora sigo escapando al súper a fingir que compro ese trozo enorme de panceta para cocinar; al llegar a casa la como cruda, despacio, y lo primero que recuerdo al comerla es la vieja cocina del pueblo y a mi abuelo por allí, preguntándose quién era el animal mientras yo movía una bola gigante de un lado a otro de la boca. La sigo comiendo a escondidas no por culpabilidad sino por placer; el placer de imaginar que sigue vivo y al acecho, como ocurre cuando los sabores nos parten por la mitad, y somos doblemente felices.

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