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Opinión - 3 semanas ago

O César o nada

La coherencia de Pablo Iglesias es absoluta. Solo cabe preguntarse si vale la pena sacrificarle la izquierda

La historia interminable de la pugna entre Sánchez e Iglesias ha sido vista como un pleito dominado por la intransigencia. Ambos, y ante todo el líder socialista, habrían impuesto sus preferencias personales a la unión de la izquierda que necesita el país. Así de simple. Lo que caracteriza a todos estos comentarios es una ausencia deliberada de análisis puntual sobre los contenidos y el desarrollo del conflicto. Uno es el más fuerte, otro más débil, en el peor de los casos vanidoso, y tocaba al primero propiciar a toda costa el acuerdo.

Frente a esa simplificación, y también frente a las generalizaciones sobre nuestro sistema político, el episodio es diáfano en lo esencial. Iglesias se negó desde el principio a discutir el programa, que hubiese generado una dinámica unitaria, dando la preferencia a aspiraciones desmesuradas de participación gubernamental, según los votos y no los escaños, pauta esta habitual en la democracia representativa. Y acabó rechazando una oferta sustancial de Sánchez y forzando al máximo la tensión, con el propósito de disfrazar su muro de flexibilidad, y las cesiones del otro, de humillantes. Los intereses del país, y de su propia coalición, fueron marginados, con tal de realzar su protagonismo político. Nada lo expresa mejor que su maldición final del primer día: usted no será nunca jefe de Gobierno, si no pacta con Podemos, léase conmigo, y si no acepta mis condiciones. El resto del mundo no importa. Aún no ha explicado Iglesias porqué era rechazable la última oferta de Sánchez.

Ahora la representación sigue y él marca temas y tiempos, en un juego de máscaras: los cuatro menús de Gobierno de coalición son simples variantes de sus aspiraciones de cogobierno. Pero la culminación del encubrimiento llega con las “propuestas para el diálogo”, que en nada atienden a la propuesta anterior socialista. Más allá de la ocurrencia sobre Cataluña, son centenares de planteamientos, con costes nunca evaluados, para crear una España feliz y una Europa feliz. Impuestos para los ricos y basta. ¿Es de broma? No: una operación más de marketing político.

La consecuencia es que no cabe entender la reciente crisis, y en ella el comportamiento político de Podemos, como un simple caso de intransigencia. Estamos ante una concepción del liderazgo donde la prioridad absoluta es otorgada al objetivo de maximizar el poder del jefe, y ello requiere subordinarle cualquier otro tipo de fines, amen machacar estilo Lenin a sus adversarios. De otro modo, no cabría explicar que siga Iglesias ignorando los resultados de sus decisiones, en 2016 al impedir un Gobierno socialista abriendo paso a Rajoy, o casi ayer, en su artera maniobra contra la reelección de Manuela Carmena, siempre favoreciendo al PP. Algo que ahora se reproduce: anulada la izquierda, la derecha puede triunfar. Por obra de quien pretende encarnar los auténticos valores de la izquierda.

La razón de ese despropósito reside en una visión política, la de los nuevos caudillismos, en que se encuadra Pablo Iglesias. Dominantes en la escena política latinoamericana, son herederos de Perón, desde Chávez hasta López Obrador, pero no faltan en Europa, en versiones soft del precursor Mussolini, cuya herencia era visible en Berlusconi y lo es hoy en Salvini. Les orienta siempre la vocación cesarista, considerándose predestinados a un liderazgo carismático, ejercido en nombre del pueblo o “la gente”, nunca de los ciudadanos, para lo cual menosprecian toda consideración política y moral.

Hoy son caudillos populistas, explica Enrique Krauze, que encabezan vastos movimientos sociales y llegan al poder por vías democráticas, pero “buscan instaurar un nuevo orden de justicia, refundar el Estado, abrir una nueva era histórica ligada a su nombre”. Con la consiguiente erosión de la democracia.

Escondido entre las “cloacas” de Podemos, está el antecedente de Venezuela. Aquejado de amnesia, Iglesias se cuida tanto de satanizar su evocación, como Monedero de olvidar su labor de asesor más que privilegiado de ese “socialismo del siglo XXI” que ha sumido en la miseria a un país rico. Sin embargo, es respecto a Chávez cómo Iglesias, en su elogio del caudillo venezolano, diseñó su propia figura: un líder carismático que encarna a un pueblo. Por eso, mito positivo, Chávez es inmortal. Al cumplir esa función histórica, personifica la verdadera democracia, la de “las mayorías sociales”, por encima de los votos. Hasta 2015 será para Pablo la gran alternativa que viene de Latinoamérica. Luego el definitivo hundimiento del chavismo con Maduro, hizo aconsejable el olvido. Pero la concepción básica se mantiene. Ahí está la imagen de Iglesias en su declaración al aceptar el veto de Sánchez: rostro apesadumbrado, camisa blanca de pureza y martirio —también “camisa blanca de la esperanza”—, las masas como fondo de imagen. El líder carismático humillado, el pueblo humillado.

La democracia debe servir para que “los más tengan el poder y que desaparezcan los privilegios de los menos”. No es un procedimiento, sino un fin. El nuevo populismo la utiliza y degrada, de manera que su supervivencia formal resulta compatible con la manipulación empleada para perpetuarse. Chávez, Evo Morales, Orban en Hungría, jugaron a fondo esa baza, sustentada en el sometimiento de la opinión pública al mensaje populista. Y si el adversario gana unas elecciones, se ignoran los resultados (Maduro). Negociar, ¿para qué? Desde julio.

La instrumentalización del sistema político al servicio de la pasión del poder alcanza al campo de las ideas y de los juicios morales. El transformismo resulta consecuencia obligada. Un ejemplo inmejorable es Salvini, de independentista padano a ultranacionalista “en busca de plenos poderes”. Claves del éxito: satanizar a la inmigración, su chivo expiatorio, hasta una total y deshumanización de impronta fascista, aunque se envuelva en invocaciones religiosas.

Exaltación del líder, ataque permanente a todo tipo de adversarios hasta su aniquilamiento, tal es la norma de los nuevos caudillos. La revolución en las comunicaciones permite prescindir de la violencia física. Aquí el control automatizado de la comunicación ejercido por Salvini lleva ventaja, aunque entre nosotros Iglesias maneje bien la manipulación promotora y destructiva. Trabaja por maceración, golpeando sin cesar al disconforme que rechaza sus imposiciones. Delega su voz en Echenique, maestro al sentenciar la culpa del otro con gesto severo. Le respalda el coro de segundones, según una técnica teatral de distribución de frases y papeles, luego difundida por la marea de tuits. Nunca argumentos, siempre descalificaciones.

Solo importa ganar. Pablo Iglesias está siempre cerrado a sostener causas justas no rentables. Por eso al igual que Salvini, defiende a Putin, se vincula a los ayatolás iraníes y su denuncia de la homofobia se detiene a las puertas de Rusia y del Islam. Su progresismo silencia todo cuanto entraña riesgo. Y desde ese ensimismamiento, la intención proclamada de frenar a la derecha se traduce en abrirle la puerta del poder.

La coherencia de Pablo Iglesias es absoluta. Solo cabe preguntarse si vale la pena sacrificarle la izquierda. Negociar con él, ¿para qué? Exige lo mismo que al hundir la investidura en julio. Así que de momento, Sánchez cercado y Podemos, como en el viejo oficio, “gratis, nada”.

Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

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