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Opinión - 17.12.2018

Lobos que aúllan el odio

Frente al peligro, siempre hacer prevalecer los valores democráticos

Hay formas de declamar que no engañan. Son voces exaltadas que anuncian la ruptura de los consensos, la llegada de tiempos de enfrentamientos sin carteles, y muestran a todos nosotros, sus víctimas potenciales, horizontes oscuros y tortuosos. Tiempos de cambios abruptos del significado de las palabras, de manipulación del sentido de los valores, usando sistemáticamente mecanismos de exclusión en pos de la conquista del poder.

En Europa, en España, imperan ahora estos discursos. No es necesario emprender un profundo análisis de teoría política para atribuir formalmente a quienes hoy en día promueven el odio la calidad de fascistas, neofascistas o solo ignorantes que utilizan su ignorancia, mezclándolo todo —la inmigración, la crisis económica, la Unión Europea, Cataluña, las identidades— para llegar a su meta. Nos basta saber que lo hacen y el alcance de los daños que provocan para la paz social. Nos basta entender que han elegido instrumentalizar los prejuicios, las emociones, la inseguridad social y un orden de prelación entre las víctimas, disfrazando sibilinamente su propia responsabilidad en el estado general de desesperanza para volver del revés los valores en nuestras democracias.

La extrema derecha ha demostrado históricamente, y con creces, aquello de lo que es capaz. En Europa arrastra tras de sí un universo de víctimas por métodos heterogéneos, comenzando por sus leyes. Ayer gritaba su rabia frente a los judíos, los comunistas, los socialistas, los extranjeros y todas las personas, de cualquier color, etnia u orientación sexual que etiquetaba como enemigos de la raza o del “sano sentimiento de la nación”; hoy son, entre otros, los inmigrantes, los grupos dirigentes europeos, considerados, todos, invasores o usurpadores. Estos discursos van cobrando forma, paulatinamente, en sectores de la población todavía minoritarios.

Ahora bien, en Europa son precisamente los partidos políticos clásicos, al no enfrentarse contra estos discursos, los que les abrieron en realidad el paso que les permitiera expandirse y pretender conquistar el poder. En Francia, Nicolás Sarkozy se jactaba de debilitar a la extrema derecha recuperando su ideario; ante eso, prefiriendo el original a la copia, ¡Francia llegó a tener a Marine Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales! Y, asimismo, Silvio Berlusconi introdujo en la retórica política italiana un método específico del antiguo fascismo mussoliniano —insultos, mentiras, cinismo moral— que la Liga de Matteo Salvini utilizaba sin tapujos durante años: ahora Italia está gobernada, en parte, por ella. Ejemplos como estos se extrapolan también a otras partes de Europa, y sectores de la población del viejo continente se han rendido a sus tácticas. Ante ese peligro, los partidos políticos precisan asumir sus responsabilidades: deben luchar rotundamente, en un ancho frente democrático, contra los partidarios del odio. Hay que erigir una barrera infranqueable entre demócratas y fundamentalistas identitarios. Nada peor que la complicidad permisiva y moral en este marco. Se puede pagar muy caro. Tiempos de odio que surgen, lobos que aúllan: frente al peligro, siempre hacer prevalecer los valores democráticos.

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