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Opinión - 19.02.2020

La victoria de los intelectuales

En países poscomunistas como Eslovaquia, Hungría y Polonia los Gobiernos atacan a escritores y periodistas, pero ellos y sus representantes no se dejan someter. Siguen siendo incómodos

Hace cinco años, el presidente checo Milos Zeman afirmó que Ferdinand Peroutka, el periodista e intelectual praguense más reconocido y respetado del siglo XX, había escrito un artículo llamado Hitler es un caballero. Zeman concluyó que el periodista checo “estuvo fascinado por la doctrina monstruosa” del Führer. Se ha demostrado que dicho artículo no existe. Todo es mentira. No solo que el periodista nunca fue presa de tal fascinación sino que en su revista Pítomnost (“Actualidad”) se centró en criticar a los nazis con la mayor dureza hasta que éstos lo encarcelaron y lo enviaron al campo de Buchenwald. Tras su detención, la periodista Milena Jesenská, conocida por el bello volumen de cartas que, dos décadas antes, le había dirigido Franz Kafka, se hizo cargo de la dirección de la revista hasta que, a ella también, los nazis la enviaron al campo de Ravensbrück donde la periodista murió. Ferdinand Peroutka pasó toda la guerra en Buchenwald, sobrevivió, volvió a Praga y tras el golpe de Estado comunista en 1948 emigró a París.

En la China de Mao, a quien llevaba gafas se las rompían porque era sospechoso de leer. El presidente Zeman es de la nueva escuela de políticos que lejos de ordenar que se rompan las gafas a los intelectuales, lanzan contra ellos calumnias como si fueran tomates podridos. Cuando se demuestra que lo dicho era una falsedad, declinan pedir perdón.

Pero una calumnia deja el aire fétido. Por eso, la nieta de Peroutka, Terezie Kaslová, denunció al Estado checo. Sí, al Estado y no al presidente porque, según la Constitución, el jefe de Estado no es responsable de sus actos y por tanto no se le puede juzgar. El Tribunal de Apelación de Primera Instancia decidió que la Oficina del Presidente estaba obligada a pedir perdón. Sin embargo, hasta la fecha el mea culpa no se ha producido. Y como si con ello no bastara, el Tribunal Supremo llegó a la conclusión de que la República Checa no es culpable y que por ello la nieta del periodista ha perdido el juicio y debe pagar las costas.

¿Por qué el presidente Zeman atacó al intelectual más apreciado? ¿Efectivamente creyó que Peroutka había dicho que Hitler era un caballero? No. No lo creyó ni un momento. Su manera de actuar, de atacar a una persona muerta que ya no puede defenderse, define una forma de comportamiento arbitrario propio de los autoritarismos y los totalitarismos, el nazi y el comunista, en los que el presidente checo nació y creció.

El hecho de arremeter contra un intelectual no es por casualidad. Con Peroutka, Zeman intentó desacreditar a toda la clase intelectual checa.

También en otros países de la Europa Central y del Este los intelectuales están sufriendo numerosos ataques. En Eslovaquia, tras la caída del comunismo, los hombres del antiguo régimen se hicieron con el poder; 30 años más tarde, cuesta destronar la mafia con la que aquellos hombres se entendieron. En 2018, en Eslovaquia, fueron asesinados el periodista Ján Kuciak y su novia, la arqueóloga Martina Kušnírová. Ambos tenían 27 años. Kuciak investigaba las relaciones entre el Gobierno y la mafia eslovaca e internacional: la asesora del primer ministro, entre otros, tuvo contactos constantes con esa mafia. De un día para otro, Eslovaquia se convirtió en un país capaz de asesinar a un periodista dedicado a su trabajo, al igual que Rusia. Sin embargo, los eslovacos se dieron cuenta hasta dónde había llegado la corrupción de la clase dirigente y su empeño de reprimir con violencia a cualquier crítico. Las manifestaciones contra el Gobierno de Robert Fica causaron la caída de este Gobierno.

En Hungría, el presidente Viktor Orbán, sin duda el político cuya deriva autoritaria ha avanzado más en nuestro continente, puso en marcha una campaña contra George Soros, uno de los mayores filántropos del mundo, que fundó y financió varios proyectos educativos en la Europa poscomunista: escuelas, universidades, editoriales y programas de derechos humanos. ¿Qué sucedió exactamente?

Soros fundó la Universidad Centroeuropea, una de las mejores universidades europeas, y la ubicó en Budapest: el centro educativo dio la bienvenida a estudiantes de todos los continentes, de modo que fue el único lugar en Hungría donde uno podía encontrar a jóvenes africanos, árabes y asiáticos. Sin embargo, Orbán y su Gobierno antisemita y ultraconservador maquinaron un plan para desacreditar al filántropo e intelectual. Por toda Hungría el presidente hizo colgar carteles en los que Soros reía a mandíbula batiente junto al entonces presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker; el póster afirmaba que ambos conspiradores inundarían Hungría de inmigrantes. Orbán se desempeñó en convertir a Soros en una figura odiosa, señalando su origen judío. Tras esta campaña, Soros y su universidad se vieron obligados a retirarse de Hungría.

En Polonia, el Gobierno ultraconservador, nacionalista y autoritario del partido PiS (Ley y Justicia) tiene en su lista negra de prominentes intelectuales “antipolacos” a la escritora y disidente Olga Tokarczuk. El hecho de que la autora sea ecologista, feminista, defensora de los derechos de las minorías, militante del partido verde y librepensadora irrita a las autoridades polacas, instaladas en su deriva autoritaria. Llaman a la escritora “antipatriota” y “antipolaca”. Tokarczuk, tanto en Wroclaw, su ciudad natal, como en Varsovia defiende a las minorías no solo con su pluma sino también de modo activo en las manifestaciones: lucha por los derechos de los homosexuales en un país que condena a la ilegalidad al colectivo LGBT, algunos de cuyos miembros llegaron a ser apedreados en algunas ciudades polacas.

El Premio Nobel de Literatura, con el que la escritora fue galardonada hace tres meses, no acalló a sus adversarios políticos. El ministro de cultura Piotr Glinski afirmó que había hecho un intento de leer la obra de Tokarczuk pero que sus libros “se le cayeron de las manos”, aunque luego intentó matizar sus palabras; otros políticos hablaron de la “dieta indigerible” de la escritora. Tokarczuk, que responde a los adjetivos difamatorios definiéndose como patriota polaca porque lucha por un país abierto, está a punto de emprender una gira mundial en la cual dará a conocer no solo sus libros sino principalmente las prácticas antidemocráticas de su país y del mundo.

En resumidas cuentas: en cuatro países poscomunistas los políticos atacaron con dureza a los representantes de la intelectualidad y en los cuatro casos los intelectuales (o sus representantes) no se dejaron someter. Los dirigentes nunca ganarán su batalla contra los intelectuales que tan incómodos les resultan. Los políticos pueden parecer ganadores durante un tiempo; sin embargo, los artistas y los intelectuales tienen un arma más poderosa que ellos: sus palabras prevalecen, indestructibles. El escritor ruso Mijaíl Bulgákov, que sabía mucho de totalitarismos, lo expresó con contundencia: “Los manuscritos no arden”.

Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Un revólver para salir de noche (Galaxia Gutenberg).

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