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Opinión - 11.10.2019

La extraña batalla

Es necesario que en la larga campaña para frenar el calentamiento del planeta se implique el mayor número de países

El Acuerdo de París (2015) estableció que los 200 países que lo firmaron tenían que reducir la emisión de gases de efecto invernadero para frenar el aumento de las temperaturas. El objetivo era evitar que el planeta se calentara a final de siglo por encima de los dos grados, pero los planes que presentaron esos países mostraron que llevarían a un aumento de más de tres. Mal asunto. La reciente cumbre del clima que celebró la ONU en Nueva York procuró, por eso, dar un nuevo empujón y reclamó propuestas concretas para ser más audaces y efectivos. Corre el tiempo, las derivadas devastadoras del calentamiento son ya habituales, el futuro amenaza con ser más inhóspito. Ayer mismo, un informe revelaba que habrá más olas de calor en el Mediterráneo y más sequías extremas.

No hay margen de duda, hay que actuar. Es urgente organizar una larga campaña, estudiar con claridad los recursos de los que se dispone, valorar la manera de utilizarlos con eficacia, establecer unos objetivos, fijar un calendario, disponer las fuerzas y empezar la faena. Ya se han dado algunos pasos, pero lo que sigue complicando las cosas es que hay países que en este asunto simplemente no comparecen. A la última cita ya solo acudieron 70 de los 200 que firmaron el Acuerdo de París, y a la idea de revisar al alza la reducción de emisiones no se apuntan ni China ni Estados Unidos ni la India, que, con la Unión Europea, son los responsables de un 60% de los gases nocivos que se emiten a la atmósfera. Rusia, el quinto contaminador, tampoco está por la labor.

Lo más inquietante de esta batalla es que cuantos vayan a embarcase en ella no llegarán a saber nunca durante su corta vida si sus esfuerzos merecieron finalmente la pena. El problema más grave, que hay quienes quieren operar a largo plazo y que hay otros mucho más interesados en lo más inmediato (o que están demasiado asfixiados para poder mirar más lejos). La revuelta de los chalecos amarillos, por señalar una disputa que ha ocurrido en suelo europeo, ha mostrado cuán complicada es la tarea. El Gobierno de Macron subió el impuesto al diésel, para ir empezando a rebajar los efectos nocivos de un combustible contaminante, y los afectados respondieron con contundencia: ¿por qué nosotros?, ¿por qué me hacen más difícil la vida precisamente a mí, que llevo tiempo en una situación de desamparo?

Una larga campaña para frenar el calentamiento del planeta. Imaginemos que hay un Estado Mayor para coordinar y planificar las iniciativas. Lo terrible es que solo cuenta con un puñado de tropas muy combativas (a lo sumo, un par de ejércitos), magníficamente preparadas en el aspecto técnico y con conocimiento del terreno. Pero carece de otros efectivos. Digamos que ni la artillería ni la aviación ni la Armada quieren participar en el esfuerzo. El componente emocional ya se ha introducido en el combate, y exalta los ánimos y ayuda a revelar la magnitud del desafío, pero corre el peligro de quedar reducido a una guerra cultural de retaguardia que separe a los buenos de los malos, cuando esta es una extraña batalla que solo saldrá bien si terminan apuntándose todos. La ideología no cuenta. Tanto la extrema derecha de Bolsonaro como Evo Morales, que se reclama de izquierdas, han alentado los incendios en la Amazonia, mostrando cómo los intereses cortoplacistas pueden hacer todavía más difíciles los esfuerzos a largo plazo.

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