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Opinión - 15.05.2019

Gestionar el siglo XXI

El mundo se está transformando a pasos agigantados, y las grandes ciudades tienen que adaptarse

En las elecciones del 26 de mayo los ciudadanos van a elegir a los alcaldes que gobernarán durante los próximos años algunas de las grandes ciudades de España. Cuando se habla de manera general de Ayuntamientos, quedan habitualmente eclipsados los enormes problemas a los que se enfrentan las inmensas urbes del siglo XXI. La política municipal está asociada a la legendaria proximidad que existe entre el regidor y los habitantes de localidades relativamente manejables. Pero los alcaldes de ciudades como Barcelona y Madrid se enfrentan a desafíos y presupuestos que se acercan más a los de algunos países y tienen, además, que dar respuesta inmediata a cuestiones que afectan a enormes poblaciones. En determinados casos, esas respuestas pasan por elaborar políticas a largo plazo que, muchas veces, podrían no remar exactamente en la misma dirección que las establecidas por los Ejecutivos centrales.

A nadie se le escapa que las últimas movilizaciones del sector del taxi, que reclamaban que se regulara con más precisión el marco de competencia con las plataformas de servicio que operan a partir de las posibilidades que abren las nuevas tecnologías, revelaron la intrincada complejidad que se esconde detrás de muchas de las propuestas que proceden de la economía digital. El mundo se está transformando a pasos agigantados, y las grandes ciudades tienen que adaptarse a profundas transformaciones, sobre las que tienen que dar respuesta urgente con propuestas que, con frecuencia, exigen proyectos que no se van a concluir en el plazo de una legislatura. Combatir los brutales índices de contaminación, dar respuesta al imponente crecimiento del número de turistas que invaden los cascos históricos, regular la competencia entre los sectores tradicionales y los vinculados a la llamada economía colaborativa son, entre otros, algunos de los enormes trastornos que complican enormemente en la actualidad la gobernanza de las grandes ciudades.

La precarización del empleo, el encarecimiento del precio de la vivienda, la gentrificación, la gestión de la seguridad ante las graves amenazas del terrorismo internacional: los desafíos son cada vez más sofisticados y las respuestas exigen grandes dosis de consenso porque obligan a políticas a largo plazo y, en determinadas circunstancias, a respuestas urgentes. Y, sin embargo, las fuerzas políticas que están compitiendo en la campaña electoral para gobernar esas grandes metrópolis muchas veces no salen de proclamar un rosario de soluciones simplistas y demagógicas. Para poder gestionar todos esos gigantescos problemas los partidos van a necesitar buscar grandes acuerdos para explorar salidas imaginativas y respuestas que seguramente van a exigir elaborar proyectos a largo plazo. Los acuerdos son imprescindibles.

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