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Opinión - 11.07.2019

Barcelona vuelve

`Comunes´ y socialistas han armado un programa de gobierno sólido

Barcelona vuelve. Hoy parece una afortunada excepción a la norma. Vuelve a la escena político-administrativa para bien y como referencia de las gobernanzas de distintos niveles. Las izquierdas locales —los comunesy los socialistas—, han forjado, con la benévola aquiescencia del centrismo progresista, encabezado por Manuel Valls, un pacto de legislatura municipal sólido en lo programático y equilibrado en su organigrama.

La novedad se produce en abierto contraste con el desgobierno y la parálisis de la Generalitat. Y a distancia del Ayuntamiento de Madrid que, asombrosamente, aún no sabe si revertir o endosar las mejoras metropolitanas iniciadas por el equipo de Manuela Carmena. En clara oposición al vacío de la Comunidad capitalina, que carece hasta de candidato oficial para investirlo/a como presidente. Y como contrapunto al bloqueo de la política nacional. Claro está que las recetas de Barcelona, con ser notorias, no pueden trasladarse automáticamente a esos otros niveles. Parten de premisas y perfiles muy distintos.

La desigual experiencia de un gobierno municipal monocolor, el de Ada Colau —que llegó a expulsar del cartapacio a los socialistas, por haber apoyado la aplicación del artículo 155 de la Constitución contra la insurgencia de la Generalitat—, ha permitido que la izquierda de la izquierda recapitulase no solo sobre sus logros —la orientación a una mayor igualdad, la voluntad social inclusiva, la lucha contra ciertos abusos inmobiliarios y turísticos—,sino también —y lo que es más decisivo— sobre sus grandes déficits: en materia de seguridad (desvaída), de promoción económica (inestable), de servicios sociales y de vivienda (insuficientes) y de perfil político en las cuestiones nacionales de política general (ambiguo).

Todo ello se salda con un reparto del poder prácticamente paritario entre los dos socios, facilitado por la pasada experiencia de la gestión que el PSC hizo en su efímera responsabilidad de la promoción económica e internacional. En el que además, responsables de ambas familias compartirán competencias de las distintas áreas.

Se trata así de evitar un Ejecutivo dividido por las líneas partidistas, como sucedió, para mal, con el ya lejano históricamente (pero no en la discusión política) tripartito de izquierdas en la Generalitat, con Pasqual Maragall y José Montilla. Adicionalmente, un programa razonable puede dar a este equipo la estabilidad que la metrópoli, objeto de todas las asechanzas secesionistas, necesita en bien de sus vecinos.

El desplazamiento a la política general de los comunes soberanistas, personalizado en el ambivalente Gerardo Pisarello y en el puigdemontista Jaume Asens, ha facilitado la transacción. Si este último, que ha prestado tantos servicios al desafío internacional de Waterloo contra el Estado de derecho, hubiera seguido como teniente de alcalde, habría sido difícil estampar en el frontispicio del programa de gobierno el principio de que “el Ayuntamiento de Barcelona ceñirá todas su actuaciones a los principios de la Carta Municipal y al marco legal vigente”.

Seguro que su cumplimiento generará roces. Como los provocará la búsqueda de tres escaños adicionales para votaciones (como la del presupuesto) que exigen mayoría absoluta. Pero estas sombras no son óbice para el alivio generado por el correcto diseño de la gobernanza de una de las dos principales metrópolis españolas. Madrid debería tomar nota.

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